martes, 8 de julio de 2008

LA LEYENDA DEL NIÑO JESUS DE TRIANA


Primera parte
La escuché en el LLAMADOR de la semana después, de la voz -sevillana y cofrade de Charo Padilla- pudo suceder en el año de gracia del 2004, no lo recuerdo exactamente, pero es digna de un relato de José María de Mena extraído de su célebre “Tradiciones y Leyendas de Sevilla”, como lo podía ser de la mejor literatura romántica y costumbrista. Sucedió en Triana (natural de Sevilla), la noche más hermosa; madrugá del Viernes Santo. La calle Ancha-pureza, como cada año, estalla de júbilo en apretada multitud, recibiendo el paso de misterio del Stmo. Cristo de las Tres Caidas. En plena apoteosis de devoción, la gente va tomando posiciones. Detrás del paso, entre la muchedumbre que lo rodea, se coloca un niño de edad incierta y aspecto montañesino; pelo ensortijado, moreno de facciones perfiladas y natural rubor en las mejillas. Camina solo, marcando los pasos del tambor y las alpargatas costaleras y pronto se situa a la altura del zanco trasero derecho. Comienza a disfrutar del delirio, la plena conjunción de banda y cuadrilla; el izquierdo por delante, los solos interminables de Enmanuel y Rocío, la gracia y la anarquía del andar más genuino de Triana. El niño absorbido por la emoción del ambiente, se hace notar, intimida al patero con la primera pregunta: ¿pesa mucho el paso?: “esto que va a pesaá mi arma”, respuesta inmediata. Cruza el puente, relente y mareadilla del puerto camaronero, permanece en su sitio, inmune, nada puede afectarle puesto que sus manos han tocado la madera forrada del zanco y se han aferrado a ella como a un clavo ardiendo. En los refrescos de Reyes Católicos, los costaleros han reparado en él; le han preguntado que si viene sólo; se han preocupado por buscar algún pariente; le han recomendado que tenga cuidado con la bulla, han insistido en protegerlo y arroparlo casi pegado a los faldones. Saben que se llama JESUS de nombre y como costaleros de Triana generosamente, han iniciado una serie de dedicatorias al niño que viene acompañándolos desde la salida. En la Magdalena, parado el paso a la altura de la entrada principal de la Parroquia, el niño se adelanta hasta el capataz; lo mira fijamente con sus ojos radiantes de asombro: ¿puedo llamar? –le pregunta en inocente tono- Paco Ceballos queda deslumbrado por ese brillo en la mirada que se confunde con el dorado esplendente del canasto. Lo mira fijamente y no puede por menos dedicarle la mejor de sus sonrisas a la par que acaricia tiernamente su pelo. El niño lo entiende, marcha a su sitio en la trasera del paso, donde los costaleros ya comienzan a echarlo de menos: ¿Dónde esta Jesús, ha encontrado a sus padres…?...¡Jesús, vente pa¨ca –mi arma- que vamo a entrá en Campana y allí se forma mucha bulla! El niño se hace un hueco en la trasera, su peso y estatura se lo permiten. Va a vivir todo el esplendor de la llegada oficial a Sevilla; Jesús, casi no respira, bajo la oscuridad sonora de los faldones, siente el estado febril de un costalero más, el sudor helado de la máxima concentración y responsabilidad, el entusiasta anhelo de rayar la perfección del trabajo bien hecho en Triana… Continuará…si vdes. Me lo permiten.

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