lunes, 13 de diciembre de 2010

Dale la vuelta al bombo

La depresión de Navidad, son unos síntomas –que no enfermedad- que padecen los que aman, han amado y seguirán amando por encima del amor anunciado a precio de fábula, gentilmente empaquetado para regalo y expuesto maquinalmente en los escaparates –estratégicamente- con toda la parafernalia de la luz y el reclamo publicitario. Lo padece la madre trabajadora, pero no el prototipo de madre trabajadora de diseño, que aparece en los infumables anuncios superbienvestida, dando el desayuno a la prole y marchando a su oficina conduciendo un monovolumen o 4x4, que regresa al hogar, pasa la superaspiradora, se cambia a ropa deportiva, se marcha al gimnasio y vuelve para servir la cena de los embutidos, la lechuga y el queso blanco, sino que la padece esa otro ama de casa que trabaja más de ocho horas a turno partido (limpiando portales, escaleras; cosiendo, cocinando para un regimiento, etc., etc –ya me entendeis-) que regresa a su hogar para servir a sus hijos maleducados por deformación maternal, que después de que estudian ó no estudian; trabajan ó no trabajan, la esperan en el sofá acogidos a la ley del mínimo esfuerzo con la célebre frase de bienvenida: “mamá, que hay de comer”. La padece –como escribo- esa mujer, que después de sufrir los estragos de una jornada laboral estresante, se siente culpable de que sus hijos no sirvan siquiera para abrir el frigorífico y apartarse la comida que dejó dispuesta en un “taper”, aduciendo únicamente en su defensa: “hijos míos, ni siquiera sois capaces de echarle un vistazo al frigorífico y calentaros en el “micro” la comida”. Esta depresión la padece también el marido o la pareja sentimental, que acogiéndose al beneficio del machismo, como así a la susodicha ley del mínimo esfuerzo, se afana en ayudarle lo mínimo –porque como hombre- no está en su guión poner lavadoras, tender, doblar ropa y preparar el guiso para el día siguiente y aunque pone todo su empeño y se solidariza con su mujer, le puede la comodidad y aquella antigua añoranza materna, de que los hombres eran los reyes de la casa. Esta depresión también la padecen las familias monoparentales que se ven absolutamente solas a la hora de administrar los escasos medios económicos, hacer la lista de la compra y pensar en los regalos imposibles que quisieran para sus hijos y también la padecen los parados resignados por el mal de muchos (quien no tiene un parado en casa –ascendente o descendente miembro o miembra familiar); los parados que han agotado el indecente subsidio o la prestación del recorte anunciada y viven, malviven o subsisten en casa de sus jubilados padres, comiendo de la pensión. . Naturalmente hay caso de excepción –como estados de alarma- aunque estos ni sienten ni padecen la depresión, porque todo en sus lujosos hogares es de ensueño: de ensueño la decoración, de ensueño el belén con figuras carísimas, de ensueño el aroma a incienso y el ambiente de Paz reflejado en magnífica cristalería y vajillas cartujanas; en fín que la niña canta en el pijolero coro rociero de la hermandad de los acomodados y no para de ensayar y cantar por las calles en belenes céntricos, los rancios villancicos de la barba rasposa del bueno de San José. En cualquier caso, todos estamos metidos en este bombo de la Navidad, igual que las bolas de la lotería más famosa del mundo y en algún momento de la noche de Paz por excelencia, sentiremos en nuestro interior, el ruido ilusionante de esa bolita que canta la diosa fortuna para los más agraciados o hace vibrar de emoción a los más desafortunados, los que se sienten tan solos a pesar de estar tan bien acompañados en su lucha contra la depresión. Feliz Navidad.

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