lunes, 22 de junio de 2015

El amor en los tiempos de what-saap

Se ha calumniado al amor, comparándolo con la puerta del frigorífico. Allí tenemos sujeto con el pin adhesivo, los recordatorios del ultimatum de nuestras miserias. Abrimos la puerta y descubrimos el amor almacenado. El amor fresco con fecha de caducidad, el amor en conserva, imperecedero; los restos del amor al vacío, que hemos de consumir en pocos días; el amor embutido, ideal para bocadillos de amor; el amor lácteo que atenúa la negrura amarga del café y suaviza y endulza el cacao del desayuno y la merienda; el amor que refresca y sacia la sed, se extiende, abraza y eleva con su espuma esfervescente y nos alegra la vista, con el rancio paladar de su fruto corinto. Se ha calumniado al amor, comparándolo con el zumo y el jugo de la vida; néctar y vino amargo, porque en sus cuatro letras caben todos los caminos que conducen a RomA, la eterna visión de la palabra mágica que aparece cuando se mira al espejo (Amor). Andamos buscando el amor, como piedra filosofal, jugando a ser más alquimistas que enamorados, porque hay que estar enamorado, para encontrar el amor y no encontrar el amor sin estar enamorado. El amor que se encuentra a uno mismo, no es amor, es amor propio. El amor que se centra en el sexo y descubre los placeres del arte de la seducción, tiene fecha de caducidad en su propio desgaste físico y agotamiento mental. El hombre conoció a la mujer y vió que era buena, después -sin distinción ni orientación sexual- vivió en pareja y comprendió que era bueno, incluso conoció el verdadero amor que siempre es único y primero y así lo gozó hasta la saciedad. Pero el mismo hombre en general, perteneciera al género másculino o femenino, pronto se empeñó en calumniar al Amor, comparándolo con las primitivas metáforas de los celos, el engaño, las intrigas, infidelidades, el tráfico. El hombre se encargó de introducir la compraventa del amor e hizo negocio, inventando la fabulosa frase de no mezclar el amor con los negocios. Desde el tiempo inmemorial de la prostitución, el amor, ha intentado sin mucho éxito, convencernos, que la culpa no era del dinero, que compra y vende todo a un precio razonable, sino de la necesidad de las personas. Hay tanta falta de amor en la prostitución, que la persona que la ejerce, tanto como la que la practica, originan una especie de Amor tan grande, que es capaz de entregar su reino y su caballo, a cambio de la inocencia de sentirse maternalmente amado y arropado como un niño, desarrollar y hacer posible las más recónditas fantasías de un adulto y recibir la ternura y atención de trato que merece un anciano, valga su repugnancia o decrepitud aparente. Se ha calumniado al Amor, se le sigue difamando, confundiendo, comparándo, con una conquista ilusoria, que requiere un contínuo estado de guerra; de prevención, de tensa calma. El amor no sirve para estar a la defensiva, porque pertenece a la vieja guardia, la que baja sus brazos; la que se descubre ante la verdad y no puede vivir en la mentira de los falsos juramentos sin propósitos de enmienda. El amor, prefiere vivir al amparo de la soledad, antes de gozar el tormento de una seducción ardiente de deseo y placer, que termina en el imposible intento de continuar en pareja, gimiendo la más terrible de las soledades. Ese amor de las grandes citas subliminales, ese amor convertido en inmortales versos de literatos, ese amor que copiamos y pegamos en nuestro muro, preguntándonos desesperadamente ¿donde dientres andará? Si es que existe, no es otro amor que el que estamos dispuestos a dar, sin esperar nada a cambio, por el supremo arte de amar por amor al arte, tan difícil y demencial, como la vida , que tiene los mismos fonemas, pero al mismo tiempo tan sugerente, como Roma, cuando se mira al espejo y se lee Amor.

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